Políticamente Haití es hoy territorio de confrontaciones con reducida y confusa representatividad para los ejercicios de autoridad, en el trance de hacer valer una institucionalidad muy desdibujada desde antes del horrendo asesinato de su presidente Juvenel Moïse.
Quién lo mató y por qué y hacia dónde debe derivar el poder, que muy maltrecho andaba, son interrogantes que todavía no obtienen respuestas precisas para el pueblo haitiano ni para la comunidad internacional.
Lo que más urgentemente procede es que organismos multilaterales como las organizaciones de las Naciones Unidas, de Estados Americanos, la Unión Europea y la comunidad Caribeña enfilen el peso de su diplomacia, su influencia y capacidad de actuar hacia el propio escenario de sombríos acontecimientos.