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Efectivamente, y «cueste lo que cueste», debe penetrarse en el funcionamiento de la Policía hasta llegar a los puntos de partida de las inducciones a actuar brutalmente con subordinación de tropas a órdenes superiores y tendencia a matar sin protocolos. La meta es evitar víctimas inocentes.

El método escogido para proceder es apropiado y reúne en comisión capacidades para trazar camino hacia la profesionalidad y el respeto a los derechos humanos.

La Policía necesita una redefinición de roles inspirada en criterios éticos, legales y técnicos que pueden muy bien ser puestos en primer plano por la junta que al efecto ha sido conformada.

Nació en cuna cuartelaria y es evidente que, aun contando con oficiales académicos y clases distanciados de los esquemas de arbitrariedad de una dictadura, en la PN quedan alineaciones y compulsiones del pretérito influyendo en actuaciones.

En mayor medida incluso que en los cuerpos armados de la República cuyos mandos posteriores a Trujillo, al Balaguerismo y a la guerra de 1965, han procurado la apoliticidad no deliberante que reduce conflictos con la colectividad.

Poniendo énfasis en la capacitación para servir a la nación y contribuir a la convivencia. No cabe duda de que los policías, obligados a proteger ciudadanos y combatir el crimen, pueden ser llevados a la calidad de desempeño que se necesita aprovechando la actual parte valiosa de sus filas.