Los ataques del virus SARS-CoV-2 a la salud colectiva que incluyen altos riesgos de muerte, han persistido con las angustiantes compañías de trastornos emocionales, estrés y pánico que debilitan defensas orgánicas y una contracción economía que deja a la gente sin empleos para ganarse la vida y a los negocios acumulando pérdidas que amenazan su existencia.
Son tres calamidades a la vez que fuerzan a las autoridades y a los gobernados a emplearse equilibradamente para superarlas.
La reducción del toque de queda, siempre con la posibilidad de volver atrás si resurgen extralimitaciones ciudadanas, llega con una luz al final del túnel encendida por la atenuación de contagios con índices esperanzadores, y el flujo en marcha de la vacunación con extraordinario interés colectivo por las dosis.
Con estos pasos no se está dando autorización para despojarse de mascarillas ni para congestionar locales con ruptura de distancias mínimas entre los concurrentes, inobservancias que será necesario combatir con toda energía aunque se haya reducido el horario de confinamiento.
Procede una disminución gradual de restricciones que todavía tienen aulas vacías que atrasan la educación y una asfixiante parálisis en el entretenimiento que ya lleva un año completo.
Conviene abrir brechas para introducirse en un cauto proceso de normalización. Las privaciones han erosionado la forma ordinaria de vivir.