No hay varita mágica ante el indeseable efecto de la pandemia del coronavirus sobre los sistemas productivos, el transporte marítimo internacional trastornado por inmovilizaciones forzosas y escasez de naves y furgones, subidas de precios del petróleo y sus derivados y de las materias primas estratégicas para la alimentación.
Pocas opciones quedan para países y gobiernos por las repercusiones estructurales de la crisis que comenzó siendo sanitaria.
El asistencialismo es, más que antes, el camino expedito. Las autoridades están conscientes de que procede mitigar la pérdida de poder adquisitivo al tiempo de prodigar estímulos a las actividades agrícolas e industriales que incluyan facilidades crediticias.
Agilizar las operaciones de carga y descarga para reducir costos portuarios y aduanales, al tiempo de atraer más inversiones hacia las auspiciosas zonas francas.
Enfrentar la inflación implica no demorarse en elevar los salarios de menor nivel en busca de un efecto dominó que incremente la capacidad de compra de las clases media y baja, un camino hacia el que debe dirigirse el sector privado sin contradecir aspiraciones de los sectores más perjudicados en este momento.
Mejorando la remuneración del trabajo fomentaría consumos con un flujo mayor de circulante que dinamizaría al renglón fabril y al comercio, procurando la satisfacción de necesidades primarias a los trabajadores.