Es notable el efecto que sobre estados emocionales ejercen las privaciones de movimiento, reducción de ingresos familiares por anormalidades asociadas a los confinamientos. Depresiones, estrés y pánico han cobrado intensidad en la población.
Y es preocupante la percepción de una insuficiencia de labor sanitaria para enfrentarlos en la magnitud requerida. Muchos padres reportan ansiedades y desorientación en niños privados de docencia presencial y con tendencia a perder interés porque la que se brinda a distancia es incierta en sus resultados.
No compensa las ausencias en aulas. La violencia con que grupos barriales reaccionan a la Policía mientras violan el toque de queda es manifestación de inconformidad mal manejada por individuos alterados por cambios en su forma de vivir, un malestar general que el Gobierno reconoce.
Es primordial contener el virus con acciones terapéuticas e imposición de límites a los contactos sociales sin dar de lado a las secuelas sobre la psiquis de la población.
Una buena parte de la gran inversión publicitaria que el Gobierno dirige a exaltar su imagen y buscar aprobación pública debería contener un directo propósito motivacional impactante sobre los ciudadanos para que acudan en busca de auxilios preservadores de la salud mental. Imprescindible que la asistencia psiquiátrica y psicológica cobre más extensión en la red hospitalaria de alcance nacional.