Contra el historial de batallas exitosas de las vacunas contra enfermedades que la humanidad ha librado, y de espaldas a las autorizadas opiniones certificadoras de la seguridad y efectividad de los inmunizadores ya disponibles, aparece un segmento poblacional oponiéndose a recibirlas.
Su ilógica negación individual va contra la conveniencia de detener la propagación del virus con un efecto masivo de prevención. A menos personas exceptuadas de la medicación protectora, mejor rumbo hacia la normalización del país. Preocupa la ignorancia que motoriza fobias y niega solidaridad hacia los demás. A quienes se eximen se les permite tomar decisión por sí mismos, pero con evidente riesgo al resto de la población.
La resistencia de quienes en encuestas figuran numéricamente importantes convierte en urgencia desplegar una campaña de mensajes para reafirmar comunitariamente que la vacunación es la única opción para las naciones, hoy de rodillas por el virus SARS-CoV-2, para incorporarse a múltiples actividades sin miedo a enfermar o morir. De un lado está el derecho personal a medicarse o no, y de otro está lo más importante, pues mantenerse sin motivos válidos en capacidad de transmitir la infección pone en peligro al prójimo. Por decisión administrativa debería requerirse estar vacunado para ocupar lugares en centros laborales y de servicios de mucho contacto con el público.