Juzgar a otros es una de las prácticas más comunes que sin darnos cuenta revelan el orgullo de nuestro propio corazón. El rey David dictó, en encendido furor, un juicio al escuchar del profeta Natán, el abuso que un hombre rico cometió contra su vecino pobre; sin darse cuenta que él mismo era el abusador. (Lea la historia en 2 Samuel capítulo 11 y 12) Que Dios nos ayude a dejar de lanzar el boomerang del juicio, porque saldremos lastimados.