Todos somos tentados, y la intensidad o la cantidad de la misma, está en relación directa a la capacidad de atracción y seducción de la concupiscencia de cada uno. (Santiago 1:14-15) Entiéndase por concupiscencia, el deseo de la carne, el cual se fortalece y aumenta a medida que al descuidar nuestra comunión con Dios, se debilita nuestro hombre interior. En toda tentación siempre Dios nos dará una salida. Huye por ahí.