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¡Cuánto necesitamos como iglesia, un despertar en el celo del Señor, para abandonar, primeramente en nuestra propia vida, la permisividad con el pecado, la tolerancia con el mal, la tibieza espiritual. Cuánta palidez se refleja en nuestros rostros, al ver que gente de otros movimientos, con causas menores, están dispuestos a darlo todo, aún sus propias vidas, llevados por el celo de sus creencias. Nuestro clamor hoy: ¡Que el celo de tu casa nos consuma, para que el avivamiento del Espíritu Santo se manifieste!