1 P 2. 9,10 PDT
Pero ustedes son un pueblo elegido por Dios, sacerdotes al servicio del Rey, una nación santa, y un pueblo que pertenece a Dios. Él los eligió para que anuncien las poderosas obras de aquel que los llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa. Antes, ustedes no eran ni siquiera un pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios. Ustedes no habían recibido compasión, pero ahora han recibido la compasión de Dios.
Una puerta abierta en el cielo
La Escritura esboza nuevamente la idea de Dios en cuanto al Rey legislador y sacerdote, es decir, la teocracia que hubo inicialmente en el pueblo de Israel, y llevada a cabo en estos tiempos de la iglesia; es la teocracia del corazón de Dios, desarrollada en el tiempo entre la humanidad (Jer 32. 38-40 38 Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. 39 Yo les daré un solo corazón y un solo camino para que siempre sientan temor de mí, por su propio bien y el de sus descendientes. 40 Yo haré con ellos un pacto eterno de hacerles siempre el bien y pondré en su corazón tal respeto por mí que nunca se alejarán de mi lado.) Dios habitando “en y con” nosotros, la única forma de establecer Su reino, y nosotros el linaje escogido desde la eternidad, los reyes y sacerdotes, honor inmerecido dado a Su creación, porque en cristo somos hechura suya, una nueva criatura, pasada de las tinieblas a la luz Dios, de las tinieblas a Cristo la luz de Dios. Dios ha tenido compasión y misericordia del hombre caído, su misericordia nos trata con compasión más allá de nuestros méritos, en virtud de la expiación de Jesucristo. El Padre nos muestra misericordia al perdonar nuestros pecados y regresar para morar en Su presencia. Su pueblo está formado al haber creído en el Hijo de Dios, posicionados como hijos de Dios en Cristo Jesús, elegidos en Cristo, privilegiados en Cristo mas no en nuestro esfuerzo. Nuestras obras ahora están expuestas a la luz delante de Dios y de los hombres, las obras de la nueva creación en Cristo, nuestro entendimiento ha sido recreado para buenas obras ante Dios y ante los hombres. Nuestra vida ha cambiado para servir al Rey y Sumo sacerdote, Cristo Jesús; una nueva identidad con una nueva credencial que nos identifica como nación apartada entre las naciones con el objetivo de anunciar la buena noticia a las naciones. La puerta abierta en el cielo para este tiempo y lugar está aquí, somos nosotros; hagamos efectiva nuestra nacionalidad.