2P 2.1-2 PDT
En el pueblo de Israel hubo también algunos que decían ser enviados por Dios, pero no lo eran. Así también, entre ustedes, habrá quienes se crean maestros enviados por Dios, sin serlo. Ellos les darán enseñanzas falsas y peligrosas, sin que ustedes se den cuenta, y hasta dirán que Jesucristo no es capaz de salvar. Por eso, cuando ellos menos lo esperen, serán destruidos por completo. Mucha gente vivirá como esos falsos maestros, haciendo todo lo malo que se les antoje. Por culpa de ellos, la gente hablará mal de los cristianos y de su modo de vivir.
Una puerta abierta en el cielo
Desde el comienzo de la humanidad se plantea la falsa enseñanza, o sea, la mentira teológica. En Edén aparece la primera mentira, ya que toda mentira disfrazada, es solo mentira. Satanás logró el objetivo de su incursión, tergiversó la orden clara que Dios había dado; desde allí quedó establecida la debilidad del ser humano, ante la desobediencia hay atracción porque forma parte de la rebelión y su motivación es alejar a la criatura de su creador, como sucedió consigo mismo. La habilidad del engañador es una sutileza imperceptible en muchos casos, para luego lanzar una mentira con tinte de verdad y atrapar al oyente incauto, acabando con su poca fe y dejándole a las propias puertas del infierno. Vez tras vez, el argumento funciona, deteriorando la precaria luz que aún queda en el interior de la persona que está expuesta al engaño, adoptando estilos de vida mentirosos y viviendo conforme a las acciones producidas por la falsa enseñanza. ¿Cómo lograr firmeza contra tal falsedad? Conociendo la Palabra, escudriñando la Escritura.