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Pr 7.6-23 PDT

Un día miré por mi ventana, a través de las rejas, y vi a unos jóvenes ignorantes, y me fijé en uno que era especialmente torpe. Cruzó la calle, cerca de la esquina, y se dirigió a la casa de una mala mujer. Ya caía la tarde, era casi de noche, y de pronto la mujer salió a su encuentro, con toda la apariencia de una prostituta, abrigando sus intenciones. Desvergonzada y rebelde; no puede quedarse en casa. Anda siempre por las calles o en las plazas, acechando en las esquinas. Abrazó al joven y lo besó; descaradamente lo miró a los ojos y le dijo: «Hoy ofrecí una ofrenda para festejar[d], cumplí mi promesa. Ahora tengo mucha comida, así que salí a invitarte; estaba buscándote y te he encontrado. He tendido en mi cama cobertores muy hermosos, de lino egipcio; la perfumé con aromas de mirra, áloe y canela. Ven, bebamos hasta la última gota de la copa del amor; hagamos el amor hasta el amanecer. Mi esposo no está en casa, salió a un largo viaje; se llevó la bolsa del dinero y no volverá hasta dentro de dos semanas».[e] Decía esas palabras para tentar al joven, y sus suaves palabras lo atraparon. Enseguida el joven fue tras ella, como un buey al matadero, como un venado que cae en la trampa de un cazador, listo a lanzarle una flecha en el corazón; como un ave volando hacia la red sin saber que eso le costará la vida

Una puerta abierta en el cielo