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En su reposo. 18/03/2023. T24. E97.

"Los que amáis a Jehová, aborreced el mal; él guarda las almas de sus santos; de mano de los impíos los libra.

Sal. 97:10

Amor y odio

El poderoso Dios de Israel, a cuya presencia tiembla la tierra, no busca ser solo temido y reverenciado. Busca ser amado.

El conocimiento de su poderío es importante para ubicar correctamente su lugar y el nuestro, pero no significa bajo ninguna circunstancia que sea el motivo principal de nuestra sujeción a él.

Dios ha permitido que cada hombre y mujer le conozca, no solo como el Todopoderoso, sino como el Dios que usa su poder a favor de los suyos.

Cuando lo llegamos a conocer así, el miedo o incertidumbre desaparece, y en su lugar surge un temor reverente que agradece la fidelidad de Dios para con su pueblo.

Y el agradecimiento motiva al amor.

Amar a Dios es entonces resultado de verlo no únicamente como el Dios que derrite los montes y avergüenza a los dioses falsos, sino como aquel que nos ama, cuida, protege, bendice, auxilia y empodera hasta cumplir su voluntad.

¿Cómo no amar a un Dios así?

Pero la forma en que amamos a Dios es igualmente importante en este salmo.

De las muchas formas que podríamos demostrar que amamos a Dios, el salmista ocupa una en contradicción al amor.

Amar y aborrecer son aparentemente dos conceptos contrarios, pero en este caso se complementan.

Si decimos amar a Dios, entonces seremos capaces de odiar también. Sí, odiar es una forma de demostrar que amamos a Dios.

Odiar, aborrecer, rechazar, detestar, menospreciar. Estos sentimientos deben estar enfocados hacia aquello que Dios rechaza.

Odiar lo que Dios odia, el mal, el pecado, es resultado natural de una vida enamorada de Dios.

Por el contrario, alguien que juega con el pecado, que parece disfrutarlo, o por lo menos no rechazarlo, es alguien que no está tan profundamente apasionado por Dios como debería.

Que nos enamoremos cada día más de él; y por ende, que rechacemos todo aquello que ofende al Dios que tanto amamos.

Isaí Rodríguez Ruiz