En su reposo. 24/10/2022. T23. E14.
"Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura de tus manos".
Job 14:15
Brevedad y eternidad
El sufrimiento de Job llo lleva a reflexionar sobre la brevedad de la vida.
Y aunque discurre sobre la forma en que el hombre recorre su corto camino sobre la tierra, Job también entiende que este pequeño espacio de tiempo que pasamos aquí, tiene esperanza en la comunión que el ser humano pueda alcanzar con su creador.
Somos flores cortadas, sombras que huyen, ríos secos y mares sin agua.
No hay esperanza para el hombre más que el final de sus días señalados y contados por el Eterno.
Ante semejante visión desalentadora, la esperanza de Job está en el día que Dios "tendrá afecto a la hechura de sus manos".
Ese día, el llamado de Dios retumbará en nuestros oídos, y el momento glorioso de la liberación habrá llegado.
Ese día, la brevedad de nuestros días llegará a su fin, para dar paso a la eternidad gloriosa.
Ese día, es el día que anhelamos, que esperamos, que deseamos con ansias.
Al menos todos aquellos que, como Job, encuentran en la presencia de Dios consuelo, esperanza y vida.
Los que han entendido que los días de sufrimiento son breves, muy breves, comparados con la eternidad.
Que ni siquiera hay forma de igualarlos.
Que el afecto del cielo llevará a la gloria eterna a quienes hayan puesto su confianza en Dios, tal como el patriarca.
Sufrimos, lloramos, padecemos, pero por un corto tiempo. Mientras esto acontece, nos tomamos de la mano de Dios para atravesar los días oscuros, las tormentas impetuosas irán y vendrán con Dios a nuestro lado; y después, cuando este lapso de tiempo haya llegado a su fin, la dulce voz del Todopoderoso nos llamará a la eternidad a su lado.
Se acordará de nosotros (no como que nos haya olvidado sino como hermosa metáfora que nos confirma que el día de nuestra redención está marcado); y nos atraerá a si mismo para nunca más separarnos de él.
Oh días grises corran presurosos,
No sufriré sus quebrantos;
Pues tras la efímera vida de dolor,
Me esperan los brazos del Salvador.
Déjame oír tu tierna voz,
Yo responderé: Heme aquí Señor.
Obedeceré raudo y veloz,
Y habitaré así, en tu eterno amor.
Isaí Rodríguez Ruiz