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En su reposo. 16/03/2022. T14. E21.
“Entonces el rey llamó a los gabaonitas, y les habló. (Los gabaonitas no eran de los hijos de Israel, sino del resto de los amorreos, a los cuales los hijos de Israel habían hecho juramento; pero Saúl había procurado matarlos en su celo por los hijos de Israel y de Judá)”.
‭‭2 Samuel‬ ‭21:2‬

Celo

Habían pasado muchos años, pero la falta de justicia es algo que Dios no olvida.

Saúl había cometido una grave falta contra los gabaonitas y Dios no podía pasar por alto semejante atrocidad.

Para muchos quizá pueda ser demasiado grave el castigo narrado en este capítulo, pero haremos bien en recordar que era algo que Dios había advertido en la ley.

El castigo de la maldad del hombre caería hasta su tercera y cuarta generación (Éx. 20:5).

Pero, ¿en qué consistía el pecado de Saúl? En un celo mal encausado.

La palabra: “celo” en este pasaje tiene un sentido de “esfuerzo por el bienestar de alguien”; en este caso, por el bienestar de Israel.

En otras palabras, Saúl pensaba que hacía bien a Israel al tratar de destruir a los gabaonitas por ser una nación cananea que debió ser aniquilada en la conquista de la tierra a manos de Josué.

Solo que había un pequeño gran detalle. Esa nación había hecho un pacto con Israel; y Dios, que no fue consultado en aquel momento, hizo que Israel honrara ese pacto, por lo que el esfuerzo de Saúl estaba fuera de lugar pues rompía el juramento hecho a los gabaonitas.

Así que el excesivo celo de Saúl no tenía razón de ser. Su esfuerzo por cuidar de Israel era loable pero sus acciones rebasaban la orden divina de respetar el juramento, lo que convertía su celo en pecado.

¡Qué terrible! Que la buena intención se convierta en pecado.

¿Alguna vez hemos hecho algo que pensábamos que era por el bien de una persona y al final provocamos más daño que bien a quien intentábamos “ayudar”?

O quizá su intención desde un principio no era buena. Quizá era solo apariencia para cubrir su sed de sangre o su pecado de rebeldía ya observado en otros momentos de la vida del fallido rey.

Lo cierto es que las consecuencias de sus actos mancharon la honra de Israel, trajeron la terrible sequía en tiempos de David, y alcanzaron a su descendencia.

Bien haremos en cuidar que nuestros esfuerzos no estén fuera de lugar; es decir, que por hacer un bien estemos realmente haciendo un mal.

Cuidemos que nuestro celo no sea apariencia, pues Dios conoce el corazón del hombre y nada se oculta de sus ojos.

El Señor nos ayude a hacer así.

Isaí Rodríguez Ruiz