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En su reposo. 31/08/2022. T21. E6.

"Contó luego Amán a Zeres su mujer y a todos sus amigos, todo lo que le había acontecido. Entonces le dijeron sus sabios, y Zeres su mujer: Si de la descendencia de los judíos es ese Mardoqueo delante de quien has comenzado a caer, no lo vencerás, sino que caerás por cierto delante de él".

Ester 6:13

Descendencia victoriosa

Amán sabía que Mardoqueo era judío. De hecho, las cartas que mandó en nombre del rey a todo el imperio claramente señalaban que era esta nación la que debía ser destruída.

Pero aquel perverso hombre no se había percatado de lo que ser judío representaba.

La actitud de Mardoqueo a la puerta del rey, aparentemente pasiva o por lo menos para Amán, lo hizo creer que su linaje era inferior o de poco valor.

Pensó que sería fácil eliminarlo y de esa manera mostrar su poderío y autoridad dentro del reino.

Qué poco sabía Amán sobre ser judío.

Y qué poco sabe el mundo sobre ser un hijo de Dios.

Le resulta fácil a los demás demeritar, menoscabar e incluso hasta despreciar el linaje espiritual del creyente, pero en ocasiones el creyente mismo es el que olvida quién es y cuál es su estirpe.

Mardoqueo no lo sabía en ese momento, pero quizá cuando ayudó al rey contra sus enemigos se decepcionó de no recibir la honra que pudo pensar que merecía.

Sin embargo, su actitud no fue la de recriminar o exigir el reconocimiento. Qué buen ejemplo para todos los hijos del cielo.

Incluso, es probable que no entendiera todo lo que ocurrió cuando aquel que lo odiaba tuvo que honrarlo por orden del rey, pero tampoco lo vemos llenándose de soberbia ante el premio recibido.

Doble ejemplo para todos, pues no se trata tampoco de enaltecernos por el don inmerecido de la patria celestial.

Ni Amán ni Mardoqueo entendían del todo lo que pasaba, pero algo era seguro, y los sabios, amigos y familia de Amán lo descubrieron demasiado tarde. Todo eso ocurrió porque Mardoqueo era judío.

No porque él tuviera algo especial por sí mismo, y mucho menos por su habilidad y fuerza política o económica, si la hubiera tenido. No, todo lo que estaba pasando tenía una sola explicación: Mardoqueo era judío.

Y ser judío significaba tener de su lado al Dios de los judíos.

Cuando reaccionaron, solo quedaba reconocer que sería imposible vencer a ese Dios, y por lo tanto a Mardoqueo mismo.

Tal verdad todavía es aplicable a los hijos de Dios de este y de cualquier tiempo y lugar.

No somos mejores ni peores, no tenemos nada de que avergonzarnos, pero tampoco tenemos algo de que enaltecernos.

La única diferencia es que tenemos a Dios, somos sus hijos, somos suyos, y nada ni nadie será capaz de dañar aquello que está en las manos de Dios.

Vivamos cada día con la certeza de esta gran verdad impregnada en nuestra alma y corazón.

Isaí Rodríguez Ruiz