En su reposo. 06/05/2022. T16. E19.
“Porque saldrá de Jerusalén remanente, y del monte de Sion los que se salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto”.
2 Reyes 19:31
El celo de Jehová
La invasión de Judá fue resultado natural del éxito obtenido por Asiria en los reinos aledaños, incluido el reino de Israel o reino del norte, a quien ya habían vencido y expatriado.
El argumento utilizado para mermar el ánimo de las naciones que atacaban era simple. Tu Dios no podrá librarte, como no lo hicieron los dioses de las demás naciones que ya derrotamos.
Y en todos los casos era verdad, sin duda alguna, pero no en el caso de Judá.
La oración de Ezequías en el templo, con las cartas del embajador asirio colocadas frente a la misma presencia de Dios, nos deja una gran enseñanza.
El rey de Judá se dio cuenta que todo lo que aquellas cartas decían y todo lo que anteriormente habían hablado los representantes del rey asirio en contra de la nación, en realidad era un ataque directo contra la autenticidad de su Dios.
Esto significa que cuando alguien ofende, critica o intenta avergonzar a un hijo de Dios, en realidad está ofendiendo, criticando e intentando avergonzar a Dios mismo.
La batalla no era entre Asiria y Judá, sino entre Asiria y Dios. La batalla no es entre nosotros y aquellos que buscar hacernos daño, sino directamente contra el Dios en quien nosotros creemos.
Ese fue el argumento de Ezequías. Se presentó ante Dios y le dijo: “mira Señor lo que estas personas están diciendo sobre ti”.
Comparar al Dios de Judá con todos lo dioses de las naciones de alrededor fue el último error que cometió Senaquerib.
Ezequías centró su oración en identificar, reconocer y confirmar su fe en el único Dios verdadero, no solo en Israel, sino en toda la tierra.
Y como resultado de esto, la respuesta de Dios no se hizo esperar.
El celo de Jehová se encendió contra aquel incircunciso que estaba atacando a su pueblo. Un pueblo, por cierto, que podemos verlo consagrado a él, habiendo renunciado anteriormente a todos los ídolos falsos.
Y entonces, aquel celo, aquella santidad, aquella ira de Dios contra quien intenta dañar a sus hijos se hizo sentir sobre el campamento de los asirios.
Ciento ochenta mil soldados murieron en una sola noche, por la mano del Ángel de Jehová; y el mismo rey asirio moriría tiempo después a mano de sus propios hijos, justo en el templo de su falso dios.
La certeza de quién es el Dios que adoramos, debe traer paz a nuestros corazones en medio de la adversidad.
Si nos mantenemos consagrados a él y en santidad, no importa cuantos Senaquerib vengan a tratar de destruirnos, tendrán que enfrentar al Todopoderoso y verdadero Dios a quien servimos.
Su celo nos protegerá, su santidad nos librará del mal, y su nombre perfecto nos llevará a la victoria porque él así lo ha prometido, por amor de si mismo.
Isaí Rodríguez Ruiz