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En su reposo. 13/05/2022. T16. E25.
“Y quemó la casa de Jehová, y la casa del rey, y todas las casas de Jerusalén; y todas las casas de los príncipes quemó a fuego”.
‭‭2 Reyes‬ ‭25:9‬

Fuego purificador

En la ley de Moisés el fuego es uno de los dos elementos del proceso de purificación que Dios estableció para mantener la pureza física, ritual y espiritual de la nación.

No es de extrañar entonces que sea el fuego el recurso utilizado en este terrible momento de la historia de Israel para destruir la ciudad.

Para Nabucodonosor es un castigo ejemplar contra una nación que vez tras vez se ha rebelado a su imperio, pero para Dios, es el castigo que largamente había aplazado contra su pueblo.

Un castigo que purifica. Eso es el fuego en la ciudad y la deportación de su pueblo a Babilonia.

Semejante espectáculo de fuego en toda una ciudad, debió ser una lección difícil de asimilar. Dios realmente cumplió su promesa y destruyó la ciudad.

El crisol de Dios se encendió y pasó por él a toda la nación, destruyendo su más preciado tesoro, Jerusalén, y quebrantó así su orgullo y falsa confianza en Jehová.

El Señor permitió el fuego y la destrucción de su casa, no como un final, sino como una purificación por causa del pecado que había llegado hasta su santuario.

Era necesario limpiar, purificar el templo, así como hacer lo mismo con toda la nación. Para ello Dios se valió del rey de Babilonia y lo llevó al punto de quemar la ciudad santa, de quemar el templo de Dios.

En este contexto, el fuego representa todo aquello que ocurre a nuestro alrededor como un recurso divino para purificarnos.

Lo más difícil quizá sea entender eso. La necesidad y exigencia divina de tener un pueblo santo y puro, y que para esto él está dispuesto a llevarnos por un proceso de purificación que nos permita arrancar de nuestro alma todas las impurezas que la acompañan.

Luego de aceptar esta verdad, reconocer la existencia de una lucha espiritual entre nuestro viejo hombre y la naturaleza espiritual de santidad que Dios nos ha dado, nos ha de mostrar que la presencia del fuego de las tribulaciones y adversidades, tiene un propósito específico: purificarnos.

En el caso de Judá fue necesario un acto drástico y catastrófico, pero no siempre tiene que ser así.

Basta con permitir que el fuego de Dios queme pronto en nosotros aquellos hechos y actitudes que nos contaminan.

Evitemos la actitud constante de rebeldía y orgullo de Judá y aceptemos la exhortación que como a hijos se nos hace para vivir cada día más en la santidad que Dios demanda de los suyos.

Su gracia nos ayude a lograrlo para gloria de su nombre.

Isaí Rodríguez Ruiz