En su reposo. 10/12/2022. T24. E13.
"¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?".
Sal. 13:1
¿Hasta cuándo?
Cuánto dolor habría en el corazón del rey David para escribir un salmo con esta queja a flor de piel.
Una mezcla de impotencia, frustración, desesperación, cansancio, soledad, angustia, depresión, y quién sabe qué cosas más se intercalaban en el corazón del salmista para solo agrandar su pesar.
¿Hasta cuándo? Es el grito desesperado de alguien que siente que ya no puede más. Que la lucha es enorme y sus fuerzas se pierden; que las flechas cubren el cielo, y no ve la esperanza por ningún lado.
No hay fuerza para poner un pie delante del otro, no hay ánimo para empuñar la espada, el brazo no levanta el escudo más allá del suelo; los dedos temblorosos no pueden tensar el arco; las heridas del alma, abiertas, sangran, lloran, y los ojos solo alcanzan a buscar en el horizonte desolador una mano que alivie el dolor del corazón.
Sí, todo parece gris, sombrío; y sin embargo, el simple hecho de estar ahí delante de Dios, expresándose, desahogando el alma, soltando las cargas, es ya un acto liberador.
David lo sabe, y de alguna manera, sus letras, su música, su canto, se volvieron un medio que aprendió a utilizar no solo para exponer su queja delante de Dios, sino para permitir que Dios ministre su corazón.
Él sabe que al presentarse ante Dios, al abrir ante su trono su quebrantado corazón, un hecho sobre natural comienza a gestarse.
Y se queja, y grita y solloza, y clama; pero mientras lo hace, la fe crece, la confianza se afirma, la fuerza regresa. De la mano de Dios, de la gracia divina, y sin siquiera explicárselo del todo, termina el salmo externando su fe, y por lo tanto su gratitud y adoración al cielo por la fidelidad del Dios a quien le ha confiado su dolor.
Tal cual ocurre hoy en día todavía.
No entendemos cómo, pero siempre que venimos a él con el alma hecha pedazos, arrastrando los pies, rompiendo la serenidad de su gloria con el sonido de nuestra espada golpeteando el suelo, apenas sostenida por la mínima fuerza de las manos que ya no pueden más; y ante el golpe seco de nuestras rodillas al caer nuestro espíritu casi inerte, casi sin vida, su presencia, su sola presencia, lo cambia todo.
Él lo hace una vez más. Nos alumbra, dando luz, disipando la oscuridad, proveyendo calor al alma angustiada; nos sostiene de su mano, evita que resbalemos, que caigamos ante nuestro adversario; nos abraza con su misericordia, y sin darnos cuenta, la paz nos inunda, el gozo regresa, la gratitud fluye y la adoración brota.
Le cantamos, lo exaltamos, porque sabemos que él es bueno, siempre ha sido bueno.
Isaí Rodríguez Ruiz