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En su reposo. 08/09/2022. T22. E3.

"Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración".

Hechos 3.1

Hora de orar

La disciplina es vital en cualquier actividad que se quiera emprender, y en los valores que se desee arraigar en la vida de cualquier persona.

Es la disciplina la que logrará lo que la motivación o el ánimo no podrá.

SI esto es verdad en el campo de la moral, del esfuerzo y del compromiso par cualquier actividad, lo es todavía más para la vida espiritual del creyente.

La sanidad de aquel enfermo, la gente acercándose a Pedro y Juan, la oportunidad para predicar el evangelio, la salvación de las almas; nada de esto hubiera ocurrido sin la disciplina de la vida de oración.

Según la costumbre de la época, el pueblo de Israel tenía en la hora novena del día, un tiempo de oración en el templo de Jerusalén.

En nuestro horario serían las 3 de la tarde, y mil excusas podrían presentarse para no asistir a tal reunión, pero ninguna de ellas detuvo a Pedro y Juan.

Y es que no se trata solamente de las reuniones de oración en los templos, que ya de por sí son las menos asistidas generalmente, sino de toda una vida de disciplina espiritual.

Esto significa que debe desarrollarse el hábito de la oración, acompañado de la lectura de la Palabra de Dios y la adoración al Señor.

Crecimiento de la fe, fortaleza espiritual, manifestación de eventos sobrenaturales de parte de Dios, sensibilidad hacia los necesitados, oportunidades para predicar y experiencias reales de salvación en aquellos a quienes predicamos.

Todo eso puede ocurrir en nuestros tiempos si tan solo aprendemos a adquirir disciplina en la oración.

Todos los días, en horarios específicos, y de preferencia en lugares específicos, vivamos una vida de oración.

De ser necesario, elaboremos listas de peticiones, de nombres de personas por las cuales interceder; sin dejar de utilizar la oración para presentar a Dios nuestra gratitud por las bendiciones otorgadas y por las respuestas concedidas a peticiones anteriores.

Es hora de orar, de acercarnos a Dios, de buscar su rostro, de anhelar su presencia, de valorar el privilegio de comunicarnos con él y de presentarle todo aquello que nos aqueja.

Su respuesta no se hará esperar en formas que ni siquiera ahora podemos imaginar.

Isaí Rodríguez Ruiz