En su reposo. 19/03/2022. T14. E24.
“Entonces David dijo a Gad: En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres”.
2 Samuel 24:14
Mano de Jehová
Los acontecimientos de este capítulo tienen que entenderse a la luz del versículo uno.
Dice que: “volvió e encenderse la ira de Jehová contra Israel”. Esta expresión enlaza el capítulo 21 donde una sequía atacó a Israel por causa del pecado de Saúl contra los gabaonitas.
Aunque en ese nuevo caso no se nos narra el motivo de dicha ira, Dios decidió proceder en contra de la nación para traer juicio.
Esta vez aprovechó el ego de David, quien deseaba conocer “la grandeza de su reino”, dejando de lado su confianza en Dios.
Así que el castigo que ofrece a través del profeta Gad, tiene doble propósito. Primero que David identifique su orgullo y se arrepienta, pero también castigar al pueblo por aquello que habían hecho que encendió su ira.
Pero incluso bajo tan terrible escenario por las opciones que se le presentan a David para castigar el pecado, el rey sabiamente se pone en las manos de Dios.
Y es que él sabe que Dios es justo y santo, pero también es misericordioso.
Las manos de Dios no nos librarán del castigo que merecemos sin llevarnos por el camino del perdón.
Esas manos, poderosas y fuertes, también son suaves y tiernas.
Aprietan, pero acarician; usan la espada, pero también el bálsamo.
David sabe que en los mejores días, las manos de Dios son garantía de prosperidad; pero en el día malo, son todavía mayor seguridad, y no hay mejor lugar para pasar los días oscuros que en las manos de Dios.
El mejor lugar al que podemos correr cuando hemos pecado y estamos a punto de recibir las consecuencias de nuestros yerros, no es lejos del Señor, sino precisamente lo contrario, correr a sus manos.
Sin importar lo duro que sea, es en sus preciosas manos que encontraremos misericordia.
Es cierto que 70 mil murieron por causa del pecado cometido (aun cuando no se menciona cuál es), pero también es verdad que pudieron ser mucho más si Dios no detiene al ángel de Jehová a su llegada a Jerusalén.
Es cierto que el juicio vino, pero también fue gracias a eso que David pudo contemplar la gloria del mismísimo ángel de Jehová.
Es cierto que vivieron tres días de tristeza y dolor, pero entendieron el valor de la ofrenda, del sacrificio, y de la adoración a Dios en aquel altar improvisado en la era de Arauna el jebuseo.
Si hemos de sufrir por nuestros pecados, que sea a mano de Dios, él sabrá aplicar la disciplina correcta que nos lleve a crecer, a mejorar, a adorarle con mayor entrega, y a desarrollar un aprendizaje de esa experiencia que nos permita conocerlo y amarlo aún más.
Arrojémonos en las manos de nuestro buen Dios.
Isaí Rodríguez Ruiz