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En su reposo. 02/01/23. T24. E32.

"Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado".

Sal. 32:1

Pecado perdonado

No hay mayor gozo que el de aquel que se sabe digno de un castigo y "milagrosamente" es perdonado.

En un sentido contrario, no hay peor necio que aquel que no se da cuenta de la terrible condenación que le espera por causa de su pecado.

Saber que somos pecadores, y que no tenemos ningún recurso para escapar del justo juicio de Dios que nos arrojará a una eternidad de miseria y sufrimiento lejos de él, nos debe llevar a entender la fatalidad que nos espera.

Pero por eso mismo, descubrir que todo nuestro mal ha sido borrado, que nuestros pecados han desaparecido, que ya no hay nada de que se nos pueda culpar, ha de provocar un sentimiento de gozo y alegría por el bien recibido.

Esto no se trata de un reo acusado injustamente y que está siendo condenado por delitos que no cometió.

La verdad es que somos culpables, la verdad es que somos infractores, la realidad es que merecemos el castigo que se nos impute.

Somos reos de muerte, no somos dignos de perdón, no tenemos recursos para cubrir nuestra deuda con la justicia divina.

No hay nada de injusto en el castigo eterno que espera al hombre pecador.

Cuando podemos entender eso, es posible tener una idea de lo que significa que, sin merecerlo, sin esperarlo, sin otro motivo más que el puro afecto de la voluntad de Dios, él nos ofrece su perdón si estamos dispuestos a recibirlo.

Y cuando lo abrazamos, cuando en verdad nos volvemos a él arrepentidos de nuestro mal proceder, cuando corremos a sus pies y nos humillamos reconociendo que somos indignos de su gracia y que merecemos el castigo que tendría que darnos pero suplicamos su perdón, él nos perdona.

Basta con ser sinceros, creer en su amor y misericordia, demostrados en la cruz del Calvario, entendiendo que no hay otra esperanza más que él y su Hijo sacrificado en el madero por nuestros pecados, para experimentar el perdón total de toda nuestra maldad.

Y solo entonces, solo ahí, experimentamos el gozo, la bienaventuranza indescriptible de sabernos perdonados, limpios, justificados, regenerados, restaurados, reconciliados, redimidos, sin otro motivo que la fe y el arrepentimiento del corazón, y sin otra base que la obra redentora del Dios que nos ama más allá de toda comprensión humana.

Gocémonos en este don inmerecido.

Isaí Rodríguez Ruiz