En su reposo. 24/01/2023. T24. E51.
"Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí".
Sal. 51:3
Pecado
No es fácil reconocer cuando se ha cometido un error, pero es el único camino si se desea reconciliarse con Dios.
David había pecado, un pecado grave, un pecado múltiple, un pecado con terribles consecuencias. Pero era un pecado no reconocido.
Él pensó que se había librado de su falla, pero al ser confrontado y evidenciado por el profeta Natán se encontró ante una disyuntiva.
Como rey, pudo haber negado las palabras del profeta, aferrarse a su autoridad como rey y mandar callar al profeta de Dios.
Esa ha sido por siglos, la respuesta común de los poderosos ante la exposición de su maldad.
Pero David nos deja una lección de cuál debe ser nuestra prioridad.
No importa cómo ni dónde, pero tarde o temprano el pecado de David cobrará su costo, sea en este mundo o en la eternidad.
El rey entiende que lo mejor es caer en manos de un Dios misericordioso y no en las de un Juez justo.
¿Cuál es la diferencia? La disposición para reconocer el pecado.
Solo al reconocer sinceramente el pecado es como podemos encontrar el camino hacia el perdón.
Y es que, al reconocer el pecado y la justicia que merece caer sobre el pecador, es posible tener una visión del destino eterno que aguarda al que permanece en su pecado.
Esta visión de un futuro y de una eternidad en castigo, revela el daño terrible que ocasiona el pecado.
Y solo entonces somos capaces de arrepentirnos.
Perdidos, sin esperanza, pero arrepentidos, esa es la única forma en que seremos capaces de humillarnos ante Dios para reconocer nuestro pecado y la urgente necesidad de perdón.
Lo que será, al mismo tiempo, la única oportunidad que tenemos de perdón, apelando a la misericordia divina, tal y como lo hace David.
David recibió lo que anhelaba, el perdón de sus pecados, y también nosotros podremos recibir esta gracia si reconocemos nuestro mal y nos arrepentimos con el corazón.
Isaí Rodríguez Ruiz