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En su reposo. 26/11/2022. T24. E1.

"Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará".

Sal. 1:3

Prosperidad

¿Quién no quiere ser prosperado?

La prosperidad es el anhelo del corazón de todo ser humano.

Entre las grandes y poderosas bendiciones que nos presenta el salmo 1, el colofón de todas es la prosperidad.

Es el resultado natural de la vida de aquellos que entablan una relación íntima con Dios y su Palabra; quienes se mantienen en santidad y dependencia absoluta de Dios.

La prosperidad, por cierto, está conectada a todo el salmo, pero especialmente a la metáfora del árbol.

Luego, la prosperidad es para los que Dios llama bienaventurados.

Y les llama bienaventurados por dos principales características: Viven lejos del pecado y cerca de Dios y de su palabra. Rechazan y desprecian el mal, y anhelan y aman la voluntad de Dios.

Es esta decisión de vivir así lo que les permite experimentar los beneficios que se atribuyen al árbol.

Bien nutrido (las aguas), refleja vida (las hojas); pero sobre todo, da fruto.

La capacidad de dar fruto es el objetivo primario del árbol y es en el cumplimiento de su propósito donde encuentra la prosperidad.

Todo lo que hace, ¿qué hace? cumple su misión de vida, da fruto. Esa es la prosperidad.

Prosperar entonces es cumplir el propósito de nuestra vida.

Es hacer aquello para lo que el Señor nos ha escogido.

Todo lo que hace, todo lo que tocan sus manos, se multiplica, crece, por una sencilla razón, todo lo que hace está sujeto a esta premisa: hace la voluntad de Dios, y es por eso que prospera.

Entonces, si queremos prosperar, vivamos en santidad, amemos su palabra, alimentémonos de la vida que Dios da y mantengámonos fuertes con el poder de su palabra.

Así, estaremos siempre dispuestos a hacer su voluntad, y al cumplir el propósito de Dios para nuestras vidas, prosperaremos.

Prosperemos al amparo de su perfecta voluntad.

Isaí Rodríguez Ruiz