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En su reposo. 05/12/2022. T24. E8.

"Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?".

Sal. 8:4

¿Qué es el hombre?

Cuando contemplamos la grandeza de la creación suele generarse esta sensación de pequeñez e insignificancia en un espacio en el que la enormidad del universo se nos presenta incomparable.

Y así es como surge esta pregunta.

¿Que somos ante tal magnificencia?

Pero lo que para unos es una pregunta filosófica, reflexiva, y sin una respuesta clara, para David solo es un punto de partida para reconocer la identidad que hemos recibido.

¿Qué es el hombre?, es una pregunta que parece tener solo una respuesta: "nada". No somos nada frente a la belleza y majestuosidad de todo lo que DIos ha creado. Y sin embargo, el mismo salmo nos lleva a reconocer que, siendo nada, somos todo.

No somos nada, y a pesar de eso, somos todo, todo lo que Dios anhela, lo que Dios desea. Somos la creación especial del Señor, a quienes, sin merecerlo y por el puro deseo de su corazón, nos ha hecho su especial tesoro, y es por eso que a pesar de no ser nada, para él somos todo.

Somos lo que somos, no por nuestra grandeza o fuerza, sino porque Dios, quien creó todas las cosas, nos ha entregado ese lugar de privilegio en todo el universo.

Es cierto que el salmo incluye una visión mesiánica de Jesús, el Hijo de Dios a quien el Padre ha de entregar todas las cosas; pero esto no minimiza al hombre, lo engrandece todavía más, pues es precisamente el hecho de que Dios se hiciera hombre, para salvar al hombre, lo que nos hace diferentes y especiales de entre toda la impresionante creación del Todopoderoso.

David atisba proféticamente al hombre salvado por el Dios-hombre, y semejante visión lo hace sentir todavía más nuestra pequeñez, pero no para sentirse miserable o insignificante, sino para reconocer la grandeza de aquel Dios que nos ha mirado con amor y misericordia, sin merecerlo.

¿Qué es el hombre? Es la corona de la creación en todo el universo, y el especial tesoro de DIos, a tal grado que nos ha provisto un Salvador, su propio Hijo, a quien podemos acudir para recibir vida eterna.

Saberlo, como el salmista, ha de provocar en nosotros un cántico, un grito, una adoración genuina y profunda: "Cuán grande es tu nombre en toda la tierra".

Bendita la gracia del amor de Dios.

Isaí Rodríguez Ruiz