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En su reposo. 02/06/2022. T17. E17.
“Y entró el rey David y estuvo delante de Jehová, y dijo: Jehová Dios, ¿quién soy yo, y cuál es mi casa, para que me hayas traído hasta este lugar?”.
‭‭1 Crónicas‬ ‭17:16‬

¿Quién soy yo?

¡Vaya promesas que Dios le hizo a David! Consolidar el reino es una cosa, pero prometerle que su reino será permanente es simplemente algo impresionante.

Todo empezó por la inquietud del rey de Israel por construirle un templo a Dios.

Una idea que, Dios afirma, nunca ha pedido en todo el tiempo desde que se manifestó a Israel en Egipto.

Y aunque Dios ya tenía planeado escoger la línea genealógica de David para sus planes de salvación del mundo, es posible notar cómo este tipo de acciones de David son las que lo motivan a hacer su promesa para con la casa del hijo de Isaí.

Por si fuera poco, la reacción de David ante las palabras de Natán solo vienen a confirmar lo que Dios ya sabía. David era el hombre indicado.

Cualquiera otro pudo sentirse orgulloso, dejando crecer la vanidad en su corazón ante semejante profecía de permanencia de su reino, pero David reacciona de una forma sorprendente.

¿Quién soy yo?

Una pregunta que refleja una humildad capaz de reconocer la absoluta incapacidad humana para ser grato a Dios por sí mismo.

David no tiene nada en sus manos, ni genealogía, ni riquezas, ni honra. Él reconoce que por sí mismo no posee absolutamente nada que le dé siquiera una oportunidad de ser mirado por Dios con beneplácito.

Es por eso que la pregunta no solo reconoce su incapacidad de ser o hacer algo para Dios, sino que además revela una sincera sorpresa ante la muestra de bondad de Dios para con él y su familia.

No hay forma de que Dios sea bueno con nosotros por algo que nosotros hagamos, y aún así muestra su amor tan claro y visible que solo aquellos que reconocen su incapacidad moral son capaces de ver lo que David veía.

¿Quién soy yo?

La pregunta es por supuesto retórica; es decir, el rey sabe la respuesta. No soy nada, no soy nadie.

Ni en la tierra, y mucho menos en el cielo, tengo que alguna posibilidad de ser reconocido como alguien digno de tu amor y sin embargo aquí estoy, rodeado de tus brazos de amor, que me ofrecen algo que ni siquiera en mis más remotos sueños hubiera pensado obtener.

Ojalá más corazones en nuestros tiempos fueran como David.

Que con sincera humildad reconozcamos que no somos dignos, que no hay nada en nosotros que sea digno, que aún nuestras mejores obras y nuestros mejores actos son insuficientes delante de Dios.

Y que al aceptar eso, humillados, postrados ante el trono del Todopoderoso, no solo reconozcamos nuestra insuficiencia, sino que admiremos estupefactos, la misericordia del Dios de los cielos que nos ama y nos abraza a pesar de nuestra incapacidad de agradarle.

Y que con esa actitud nos presentemos delante de él cada día para agradecerle sus misericordias, para adorarle por sus promesas y para comprometernos a honrarlo cada día tan solo por el hecho de que nos ha mirado con amor.

¡Bendita sea la gracia de su amor inmerecido!

Isaí Rodríguez Ruiz