En su reposo. 19/01/2022. T13. E4.
“Cuando volvió el pueblo al campamento, los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos? Traigamos a nosotros de Silo el arca del pacto de Jehová, para que viniendo entre nosotros nos salve de la mano de nuestros enemigos”.
1 Samuel 4:3
Símbolos
La aplastante derrota sufrida ante los filisteos en la primera batalla narrada en este capítulo, llevó al pueblo de Israel a cuestionar la presencia de Dios.
Los problemas, cuando nos hacen reflexionar sobre la relación que tenemos con Dios, ya han valido la pena.
Sin embargo, la forma en que Israel lo hace es un error que hasta el día de hoy comete el ser humano.
Hacen responsable a Dios de la derrota, como si el Señor tuviese la obligación de darnos la victoria o lo que pedimos por el simple hecho de pedírselo.
Y lo peor es que no fueron, y no somos capaces, de mirar hacia nuestro interior para descubrir nuestros propios errores, y los motivos por los que Dios ha permitido nuestros fracasos o derrotas.
Si así hiciéramos, descubriríamos que la mayoría de las veces somos directamente responsables de lo que nos ocurre, pues generalmente son las consecuencias de nuestros actos.
Basta señalar, para esta historia, que el contexto de la nación era el final del libro de Jueces “cada uno hacía lo que bien le parecía” Jue. 21:25. Así que una derrota ante los filisteos no era culpa de Jehová sino de la nación misma que se había alejado del Señor.
Pero no conformes con esta falla, los ancianos de Israel cometieron una peor.
Depositaron su fe en el arca del pacto, creyendo que Jehová estaría obligado a darles la victoria porque su arca estaría en el campo de batalla.
Pero la gran lección de esta historia en la segunda y todavía más vergonzosa derrota que sufrieron los israelitas, nos recuerda a todos que:
Los símbolos cristianos o aquellos que representan la presencia de Dios no deben ser vistos como garantía de la presencia de Dios y mucho menos como un medio para que Dios haga lo que queremos.
Ni la cruz en el cuello, ni la Biblia bajo el brazo, y ningún otro símbolo sustituyen la vida de santidad que Dios demanda de sus hijos.
Dios no está obligado a apoyarnos sólo porque hacemos o tenemos un símbolo de su presencia entre nosotros.
El Señor nos ayude a cuidar nuestra relación con él y entender lo que demanda de nosotros, haciendo de su presencia algo real en nuestras vidas para que no tengamos que depender de símbolos o imágenes.
Busquemos su presencia cada día de nuestras vidas.
Isaí Rodríguez Ruiz