En su reposo. 04/10/2022. T22. E25.
"Cuando este llegó, lo rodearon los judíos que habían venido de Jerusalén, presentando contra él muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar".
Hechos 25:7
Sin pruebas
Dos años habían pasado y Pablo continuaba en la cárcel.
Sin otro motivo más que mantener cierto grado de calma en las relaciones judío-romanas, una nueva oportunidad se presentó a todos con la llegada del nuevo gobernador, quien se prestó a escuchar a unos y otros en el tribunal de Cesarea.
Hasta allá viajaron prestos los acusadores de Pablo, e inmediatamente se abalanzaron en su contra con una serie de acusaciones bien orquestadas.
Uno tras otro parecían hablar sin parar y con una actitud intimadatoria levantaban toda clase de queja contra el apóstol.
Sin embargo, el historiador Lucas nos entrega un detalle que hacía que aquella lista casi interminable de acusaciones careciera de sentido.
". . . las cuales no podían probar".
Todo lo que los perversos acusadores de Pablo decían, era mentira.
Dos grandes lecciones nos deja este punto de la historia.
Primero, que ninguna acusación debería ser tomada en cuenta sin las pruebas que confirmen lo que se dice.
No importa qué tan graves o cuántas acusaciones caigan sobre una persona, ni siquiera deben ser tomadas en cuenta si no se ofrecen pruebas irrefutables de su culpabilidad.
Ningún creyente debería prestarse siquiera a la especulación en este tema.
Es tiempo de hacer oídos sordos para cualquier comentario negativo en contra de una persona si no se tiene el sustento que pruebe los dichos que se escuchan.
Cerremos el paso a comentarios infundados y palabrería inútil.
Segundo, que todo creyente puede y debe sostener su vida sobre la verdad de un testimonio impecable para que sus detractores solo puedan mentir cuando deseen hablar en su contra.
Este es el caso de Pablo, quien podía defenderse con tranquilidad de todo lo que se decía por el simple hecho de saber que nada de aquello era verdad.
No podían probarlo, no tenían forma de hacerlo, no por falta de habilidad para conseguir las pruebas, sino por el simple hecho de que nada de aquello de que lo acusaban era verdad.
Acusaciones, señalamientos, quejas y reproches pueden ir y venir sobre la vida de los hijos de Dios, pero mientras todo aquello que se diga en nuestra contra sea mentira, no habrá forma alguna que pueda ser probado.
Así, el testimonio de un creyente es su primer línea de defensa contra la mentira, la calumnia y las acusaciones.
Así, honramos y dignificamos el nombre de nuestro Señor, siguiendo su ejemplo, viviendo en todo tiempo según el alto estándar que la Palabra de Dios demanda para los seguidores de Jesús.
El Señor sea glorificado en la vida de cada uno de sus hijos.
Isaí Rodríguez Ruiz