En su reposo. 15/03/2023. T24. E94.
"Jehová, Dios de las venganzas, Dios de las venganzas, muéstrate".
Sal. 94:1
Venganza
La venganza es un deseo natural surgido de la necesidad de retribuir al malo el castigo que merecen sus actos; y en el peor de los casos, es una herramienta que utilizan aquellos que buscan la autosatisfacción de su concepto de justicia.
Sin embargo, la venganza, tomada de la mano del hombre, siempre traerá desgracia al corazón.
Lo ideal es aprender a dejar que quien sabe hacer justicia se encargue del pago del malo.
Esa es la gran lección que nos deja el salmo 94.
Ahí está el perverso, haciendo toda clase de males contra el justo, el inocente.
Y todavía se jacta pensando que jamás recibirá el pago de sus pecados.
Es más, hay un versículo, el 20, que infiere que aun las leyes humanas pueden ser pervertidas para hacer mal, y no parece haber castigo alguno.
Y, ¿qué puede hacer el justo? ¿Tomará en sus manos la venganza para hacerse justicia?
Durante todo el salmo, no encontramos una sola muestra de venganza humana.
Por el contrario, el autor del salmo parece tener claro que su deber es permanecer fiel a Dios, mantener su integridad, clamar pidiendo la intervención divina, y esperar el tiempo de la venganza del cielo, que sin duda alguna llegará.
Desde la perspectiva del hombre, esta no parece ser una buena opción; pero a la luz de las Escrituras, para el hijo de Dios, esta es la única opción viable.
Por supuesto que es más fácil tomar la venganza por nosotros mismos y cobrarnos el mal recibido, pero Dios pide que confiemos en él, y la razón es simple:
Él escucha, él ve, él sabe, él actuará, él vengará a su pueblo.
Luego entonces, la disposición a dejar la venganza en sus manos, no es solamente un deseo del cielo para evitarnos las consecuencias de aplacar nuestra ira y venganza humana llena de defectos, sino que también es una prueba de obediencia y sujeción a la voluntad del Señor.
Por lo tanto, y en el deseo de agradarlo y honrarlo en todas nuestras acciones, esforcémonos por dejar la venganza y confiemos que Dios cobrará a su debido tiempo.
Que sus consolaciones alegren nuestra alma (v. 19).
Isaí Rodríguez Ruiz