La vida moderna se ha convertido en una constante carrera, en la que pareciera que todos perseguimos el mismo sueño: ser felices. Y al experimentar tiempos tan apresurados y vertiginosos como los actuales, pareciera que el premio de la felicidad es algo por lo que tenemos que rivalizar con otros contrincantes.
Hemos caído, sin duda, en una suerte de filosofía colectiva que nos “empuja” a competir con los demás, para demostrar lo que valemos, para marcar territorio y presentarnos como mejores que otros, para alcanzar lo que queremos, para ser individuos importantes que lleven orgullosos la medalla de ganadores, de victoriosos. Este tipo de conductas puede estar sometiéndonos a pasiones egoístas que sólo buscan complacer caprichos personales, y esto puede estar comprometiendo nuestra integridad como personas, como hijos de Dios.
Y aunque, en gran medida, no podamos escapar de este “sistema competitivo” tan agresivo y tan cruel, podemos abrir nuestras mentes y nuestros corazones para comprender que estamos llamados a ser COMPETENTES y no COMPETIDORES, esto es: actuar en disciplina constante y perseverar para ser una mejor de nosotros mismos que se pone al servicio de los demás, buscando como única recompensa el bienestar común, la felicidad de todos.
Nuestro aporte con este capítulo pretende tocar tu corazón, para que logres vivir en paz sabiendo que no tienes que competir con nadie por sentirte el mejor, o para demostrarle nada a nadie. Que cada día, con ayuda de Dios y de Su Santo Espíritu, puedas superar tus temores y superarte a ti mismo, en bien y en sabiduría, y que logres ver en otros no a contrincantes con los que tienes que competir, sino a compañeros a los que servir y de los que aprender lecciones de humildad y de misericordia.
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