La más triste de la sordera es la espiritual cuando, aunque nuestro oído funciona bien, no queremos oír; a veces el maligno de la comodidad y seguridades nos tapona nuestra capacidad y disponiblidad de oír la voz de Dios; necesitamos ese "¡Effetá! del Señor. [Reflexión al evangelio del viernes V ordinario, ciclo C, Mc 7,31-37] Voz: Karen Buelna