Es imposible que Jesús no haya tenido la conciencia de que su predicación, sus palabras y toda su persona eran incómodas para las personas, especialmente a los oídos y a la vista de los principales dirigentes de los grupos religiosos extremistas. Él mismo nos recuerda el antiguo proverbio: Ningún profeta es bien recibido en su patria. [Reflexión al Evangelio del Lunes III de Cuaresma, Lc 4,24-29. Voz: Gaby Vázquez].