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Las gentes sencillas e, incluso alejadas de la Iglesia, con sus buenas obras, pueden estar más cerca del Reino de Dios, que los mismos sabios, instruidos o los que aparentan ser muy religiosos . En nuestra cultura damos mucha importancia a las apariencias. Lo mismo pasaba en tiempo de Cristo, los fariseos se preocupaban porque la gente los viera rezar en las plazas. Ante Dios no valen las apariencias, Él quiere hechos, compromiso. Reflexión al martes III de Adviento. Mt 21,28-32. Voz: Liz Garza.