Mirar, contemplar y ver son las tres etapas de una mirada nueva, de una mirada madura, de la que fue testigo el Bautista. Es la espiritualidad en la que podemos sumergirnos en nuestra relación con Dios, como un itinerario de purificación de lo que pasa por nuestra sensibilidad y la apertura para dejar que Dios abra nuestros ojos.