Vino a pedirme consejo sobre cómo encarar su muerte, pero. . . ¡Qué le podía yo decir!
Yo, que llevo años haciéndolo; otorgando la gracia de la extremaunción; acompañando ancianos y enfermos en su morir.
Yo, que he sido fuente de consuelo para los deudos.
Yo, que como tanatólogo me consultan expertos del tema.
Yo, que he consagrado mi vida entera a Dios en sacerdocio.
Yo, que al saberme con cáncer terminal. . . me estoy muriendo del miedo
Pero yo. . . ¡Oh Dios! ¿Tú qué me puedes decir?