El altar del incienso, puesto delante de la cortima del tabernáculo, llenaba el lugar santísimo de delicioso perfume.
El altar del incienso representa la oración de Cristo; sólo Cristo puede pararse delante de Dios para orar, sólo él es oído por Dios. Ninguna otra oración es el incienso adecuado. Este punto es tan importante que Nadab y Abiú, hijos del sacerdote Aarón presentaron un tipo diferente de incienso, y murieron en el lugar santo. No hay otra oración que Dios reciba, sólo la oración de Cristo.
Ahora, Cristo nos permite también a nosotros experimentar la gloria de orar en su nombre, es decir, de orar la oración misma de Cristo que es oída por Dios. A los creyentes se nos ha concedido la autoridad de presentar el incienso correcto delante de Dios.
¡Escucha el presente capítulo y se lleno de la inspiración de servir a Dios orando en su nombre!