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¿Cómo poner en acción la generosidad en nuestras vidas?   

1. Proponte abrir los ojos y oídos a las necesidades de tu entorno 

Alrededor nuestro hay personas que necesitan ayuda. A veces no necesitan dinero, sino atención. Empieza hablando con quienes te rodean, conoce sus necesidades, pregúntales por su familia. Abre tus ojos y oídos, y verás que cerca de ti hay múltiples oportunidades para invertir en otros y colaborar. Estoy diciendo «invertir» porque esa es la perspectiva correcta: se trata de una inversión en la eternidad.  

2. Deja de cosechar los «rincones de tus campos» 

Recuerda la orden de Dios a los israelitas a la hora de cosechar tu campo. Quiero ser muy práctico en este punto. Abramos un poco más las manos y paguemos algo mejor al que trabaja para nosotros. Si tenemos que ajustar salarios, sobre todo a gente que tiene ingresos significativamente bajos, hagámoslo con generosidad. Dejemos de pedir descuentos a la gente que nos vende servicios o productos y también ahorremos mejor. Cultivemos esa forma de pensar y actuar.  

3. Sé presto a compartir y diligente en buscar oportunidades para dar 

Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, y uno de ustedes les dice: «Vayan en paz, caliéntense y sáciense», pero no les dan lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Santiago 2:15-16  Podemos sacar múltiples enseñanzas de este pasaje, pero lo que me interesa que notemos es que, cuando de necesidades económicas se trata, en ocasiones la espera resulta cruel. Si somos complicados y burocráticos para ayudar a otros, lo más seguro es que nunca terminemos ayudando. Nuestra generosidad no solo debe ser «fácil de convencer», sino también diligente y proactiva en desplegarse. Con frecuencia, somos generosos de manera reactiva, es decir, damos cuando nos piden, pero no porque procuremos hacerlo. La generosidad de Dios hacia nosotros es proactiva: Él ha decidido hacernos bien y mandó a su Hijo a pesar de que nosotros no lo pedimos.  

Cuando murió John D. Rockefeller, un empresario muy rico en los Estados Unidos, le preguntaron a su secretario cuánto había dejado el señor Rockefeller. La respuesta del secretario fue: «Lo dejó todo». Esa es la realidad de todo ser humano que deja este mundo. Todo lo que acumuló aquí se quedó aquí. Esta historia ilustra que, para un alma inmortal como la del ser humano, es un despropósito dedicar su vida a asuntos temporales. Necesitamos vivir a la luz de lo imperecedero y acumular tesoros celestiales, y la forma en que acumulamos esos tesoros es siendo generosos aquí en la Tierra.  

Amén.