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Hay una verdad silenciosa quepocos entienden: cuando alguien se abre contigo, no está buscando que carguescon su dolor… está buscando ser comprendido. Y ahí está la diferencia entre elhombre que consuela y el hombre que despierta atracción.

 

El primero se sumerge en lasemociones ajenas, intenta curar, justificar o salvar. El segundo observa,comprende, y etiqueta lo que siente la otra persona. No desde la distanciafría, sino desde la claridad. No siente su dolor… lo nombra.

 

Cuando ella te dice “ya noconfío en nadie”, el hombre común intenta convencerla: “no todos somos iguales,yo soy diferente”. Pero el hombre consciente no cae en ese juego. Élsimplemente dice, con tono suave y mirada firme: “te han fallado más de unavez, ¿verdad?”.

Y en ese instante, sintocarla, la toca más profundo que cualquier abrazo.

 

Porque etiquetar una emociónno es invalidarla; es hacer visible lo que el otro no ha sabido poner enpalabras. Es una forma de guía, de presencia. En lugar de dejarte arrastrar porel torbellino emocional, tú te conviertes en el centro de calma dentro de él.