Lo que no se procesa, se repite; lo que se entrega a Dios, se transforma. Cada etapa vivida, incluso las más difíciles, dejan una enseñanza si estamos dispuestos a mirarlas con honestidad. Por eso, aprender de lo vivido no es quedarse en el pasado, es caminar hacia adelante con sabiduría.
Dios no desperdicia experiencias. El Señor Jesús transformó el dolor en redención y la pérdida en propósito. De modo que, mirar atrás con discernimiento no es nostalgia, es formación. Cuando las experiencias se entregan a Dios, se convierten en herramientas de crecimiento y madurez.
Tal vez haya errores que aún pesan o decisiones que dejaron marca. En lugar de cargarlas con culpa, entrégalas a Dios. Él no borra el pasado, pero lo redime. Aprender de lo vivido permite avanzar sin arrastrar lo que ya cumplió su función.
Aprende del camino recorrido. Dios forma a través de cada etapa. La Biblia dice en Romanos 8:28: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien…”. (RV1960).