El problema no es que “los jóvenes no creen”. El problema es que muchas veces no se sienten parte. No se identifican. No conectan. Y cuando un joven no conecta, no discute, no pelea, no hace drama: simplemente se va. La fuga se da por aburrimiento, por desconexión, por sentir que eso no les habla a ellos.
Y aquí es donde hay que ser claros: en muchas parroquias la catequesis se sostiene con catequistas de buena voluntad, sí, pero con poca formación para trabajar con adolescentes y jóvenes.