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Ahora el encierro es doble: a la vez físico y mental. ¿Existe alguna otra posibilidad? ¿Hay otra alternativa? Quisiera imaginar otros futuros. Quisiera fugar hacia el pasado. Quisiera ubicarme otra vez, como hace tiempo, en espacios abiertos. Imaginarme emplazado en eso que alguna vez llamé “naturaleza”: los Esteros del Iberá, un sol que raja la tierra, sin nubes a la vista, a la hora de la siesta. Los yacarés se deslizan sobre el pantano, igual que los carpinchos. Sus antiguas presas. Ahora conviven como si nada sucediera. Pero en vez de revivir esa escena, pienso que ya no hay compañeros. Nunca la prisión fue tan cómoda. Nunca, tan definitiva. Sálvese quien pueda. Cada uno por su cuenta. Si ahora mismo cayera muerto, no tendría la menor importancia. Nunca la tuvo. Solo que ahora se hizo evidente. Es el deseo soberano y popular. Es la constitución. Es la democracia representativa, moderna, tripartitamente burguesa y capitalista. Son los santos evangelios. Es la voluntad de la masa. Son los compatriotas, que vinieron de los puertos, hace tantos años ya, que nadie lo recuerda. El deseo colectivo se ha expresado. Ha emitido su voto ferviente. Único. En un solo movimiento. Perdimos. Nos destruyeron. Todo terminó en derrota, en esta época de mitos astillados. Un espacio mental en mi cerebro. Ahora mismo. Para correr sin parar. Y escapar, latido tras latido. Una caída al abismo. Un gran alivio. El único consuelo: los perros vivos y muertos. Y un agujero en mi cerebro. Un agujero y nada más.