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“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la  incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él,  perdonándoos todos los pecados” (Colosenses 2:13).

Stephen  Hawking murió el 14 de marzo de 2018. A los 21 años comenzó a enfrentar  una larga y penosa enfermedad degenerativa: esclerosis amiotrófica. En  principio solo le daban tres años de vida, pero fueron 55 años más con  un cuerpo cada vez más deteriorado pero una mente cada vez más  brillante. Se doctoró en Física. Fue astrofísico, cosmólogo y divulgador  científico. Se casó, tuvo tres hijos y escribió decenas de libros. Al  principio usaba dos bastones; después necesitó muletas. Posteriormente,  se resignó a una silla de ruedas.

El mayor sueño de Stephen  Hawking era estar en el espacio. “Es hora de explorar otros sistemas  solares. Extendernos puede ser lo único que nos salve de nosotros  mismos. Estoy convencido de que los humanos necesitan abandonar la  Tierra”, decía.

Hawking anhelaba volar al espacio. En parte pudo  y cumplió su sueño. Si bien nunca pudo viajar al espacio, el 26 de  abril de 2007 fue un día glorioso para él. En esa ocasión, logró  liberarse de la silla de ruedas en la que llevaba décadas confinado  debido a su enfermedad, y durante dos horas voló a bordo de un Boeing  727-200 (adaptado para la ocasión) de Zero Gravity Corp. Durante 120  minutos, Hawking saboreó la ingravidez. El costo del paseo fue de  250.000 dólares.

Hawking soñó, deseó y planeó ir a vivir al  espacio y llevar a la humanidad. Quiso, pero no pudo. Felizmente, hay  otro que quiso, quiere y puede. Nos dio vida estando muertos en nuestros  pecados. Las profecías bíblicas se están cumpliendo inexorablemente,  las naciones se han llenado de ira, el Juicio Final es inminente. Es  tiempo de recompensar a los santos y destruir a los que destruyen la  Tierra.

Cuando el Señor regrese, todos los tesoros del Universo  se abrirán ante los redimidos de Dios. “Libres de las cadenas de la  mortalidad, se lanzan en incansable vuelo hacia los lejanos mundos;  mundos a los cuales el espectáculo de las miserias humanas causaba  estremecimientos de dolor, y que entonaban cantos de alegría al tener  noticia de un alma redimida [...]. Soles y estrellas y sistemas  planetarios que en el orden asignado circuyen el Trono de la Deidad”  (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 736).

El  dueño de la física, de los astros, del cosmos y del Universo ha firmado  su promesa con su propia sangre. La hora de la partida está muy  cercana. El viaje está pago, y no es por poco tiempo; ¡es para toda la  eternidad! ¡Vamos!