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“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”  (Colosenses 2:9).

Según un estudio del Instituto de Estudios  Religiosos de la Universidad de Baylor, en Texas, EE. UU., para los  encuestados, Dios tiene cuatro facetas: autoritario, benevolente,  crítico y distante.

El Dios autoritario es el que está enojado  por los pecados de la humanidad. Es un Dios vigilante de nuestros actos y  castigador de nuestras faltas. Un 34 % de los encuestados cree en este  Dios y están convencidos de que los huracanes, los tsunamis, y otras  tragedias naturales, son la manifestación de la furia divina en  retribución a nuestras debilidades.

El Dios distante es un  artífice sin rostro, una fuerza cósmica que nos ha creado pero que no se  involucra en nuestra vida. Un 26 % reconoce esta cara de Dios.

El  Dios benevolente es a la vez exigente y misericordioso. Establece  códigos, reglamentos, leyes, pero es a la vez comprensivo de nuestras  falencias. Un 24 % cree esto.

El Dios crítico conoce todo, pero no interviene en nada. Ni castiga, ni consuela. Un 16 % reconoce así a Dios.

La  imagen de Dios que nosotros tengamos clarifica qué clase de persona  somos. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y el pecado ha  llevado a que el hombre pretenda hacer a Dios a su imagen y semejanza.

En  Cristo habita la suma total de la naturaleza y de los atributos de  Dios. Los alcances de este término son ilimitados en tiempo, espacio y  poder. En Cristo se encuentra todo lo que Dios es, cada cualidad de la  Deidad: dignidad, autoridad, excelencia, poder para crear y ordenar el  mundo, energía para sostener y guiar el Universo, amor para redimir a la  humanidad y previsión para suministrar todo lo necesario a cada una de  sus criaturas.

“Recordad que en él habitaba toda la plenitud de  la Deidad corporalmente. Si Cristo habita en nuestro corazón por fe, al  contemplar su conducta procuraremos ser como Jesús: puros, pacíficos e  incontaminados. Revelaremos a Cristo en nuestro carácter. No solo recibiremos luz y la absorberemos, sino también la difundiremos [...]. La simetría, la belleza y la benevolencia que había en la vida de Jesucristo relucirán en nuestra vida” (Elena de White, A fin de conocerle, p. 179).

“La  verdadera educación no desconoce el valor del conocimiento científico o  literario, pero considera que el poder es superior a la información, la  bondad al poder y el carácter al conocimiento intelectual. El  mundo no necesita tanto hombres de gran intelecto como carácter noble,  necesita hombres cuya capacidad sea dirigida por principios firmes” (Elena de White, La educación, p. 225).