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“Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y  abrazándolo, dijo: No os alarméis, pues está vivo [...]. Llevaron vivo  al joven, y fueron grandemente consolados” (Hechos 20:10–12).

Su  nombre significa “Afortunado” y pasó a la historia por ser el joven que  se quedó dormido mientras Pablo predicaba en Troas. Él se cayó de un  tercer piso y falleció. Estamos hablando de Eutico; quien,  “afortunadamente”, fue resucitado.

Pablo había estado una semana  en esa ciudad predicando el evangelio. En la última noche, junto con la  cena de despedida, predicó su último sermón antes de continuar su viaje.  En el piso superior de la vivienda, repleto de gente, el humo de las  velas que iluminaban el salón, la poca ventilación y la extensión de la  reunión hicieron que este chico (que tendría entre diez y catorce años)  buscara la brisa fresca sentado en el borde de la ventana.

A  simple vista, podríamos decir que se trataba de un oyente distraído, en  un ambiente tóxico, y con un programa intenso y extenso. Y que esta  serie de factores llevaron a que Eutico cayera de la ventana hacia el  patio exterior. Podemos imaginar la confusión en el auditorio: unos  tratando de reanimarlo y otros procurando echar culpas.

Entonces  Pablo, interrumpiendo su sermón, desciende y se echa sobre él, así como  Elías lo había hecho con el hijo de la viuda y Eliseo con el de la  sunamita. Pablo lo abrazó y dijo que estaba vivo, pues había resucitado.  Así, se lo llevaron y todos fueron grandemente consolados.

Podríamos  decir que hay tantos Euticos distraídos, con un pie “adentro y otro  afuera” de la iglesia, tal como hay tantos adultos indiferentes,  distantes y distraídos del proceder de las nuevas generaciones. Tal vez  nuestros ambientes estén sobrecargados de las velas y el humo de los  protocolos y las ceremonias, sin la buena ventilación de la  participación y la integración. Acaso nuestros discursos y programas son  tan intensos y extensos, centrados en procesos y no en las personas.

No  es tiempo de buscar culpables. Es tiempo de renovar nuestro compromiso  como adultos, como padres y como educadores para las nuevas  generaciones. No podemos jugar al distraído y dejar que se balanceen  entre la vida y la muerte en el borde de la ventana. No podemos ofrecer  un ambiente que se hace tóxico por la falta de coherencia, ya que  nuestros discursos quedan muy distantes de nuestros hechos.

“La  gente joven necesita modelos, no críticos”, dijo John Wooden. Pablo ya  no está para resucitar a nuestros “Euticos”, pero somos “afortunados”  porque el Obrador de aquel milagro quiere repetirlo. Solo necesita  contar contigo como su instrumento.