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“Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han  sucedido, han contribuido más bien al progreso del evangelio, de tal  manera que en todo el pretorio y entre todos los demás se ha hecho  evidente que estoy preso por causa de Cristo” (Filipenses 1:12, 13).

Las  dificultades y las adversidades no deberían ser un obstáculo para la  realización de una vida con propósitos. El rey David fue un simple  pastor de ovejas, Colón fue hijo de un operario, Cervantes fue un  soldado raso y Lincoln fue hijo de un pobre leñador. Demóstenes fue  tartamudo, y llegó a ser el mayor orador de Grecia; Beethoven fue sordo,  y creó algunas de las melodías más bellas; Miguel Ángel fue frágil, y  pintó y esculpió algunas de las figuras más sublimes.

Susan  Wesley fue madre de 19 hijos, sin lavadoras automáticas ni pañales  desechables. Fue la maestra de cada hijo; entre ellos, John y Charles,  quienes lideraron movimientos religiosos de reforma. Fanny Crosby, ciega  casi desde su nacimiento, nunca se resignó por las cadenas de la  oscuridad, y compuso muchos himnos. Más que impedimentos, las piedras  pueden transformarse en escalones para alcanzar la cima.

Pablo  quería llevar el evangelio al oriente (a Asia), pero Dios cerró las  puertas y lo dirigió hacia el oeste (a Europa). Él no pudo seguir su  plan, pero siguió el plan de Dios. A veces, Dios usa instrumentos tan  extraños como las cadenas del apóstol para que el evangelio llegara a la  Guardia Pretoriana.

Dios puede usar la vara de Moisés, los  cantaros de Gedeón, la honda y las piedras de David, los panes y los  peces de un niño, como también las cadenas de un prisionero, para  mostrar su amor y su poder e impactar con el evangelio.

El  diablo encerró al mensajero, pero no pudo encerrar el mensaje. Las  cadenas podían fijar las muñecas de Pablo, pero nunca su testimonio.  Pablo podría estar preso como un delincuente; pero su mensaje, libre y  trascendente. El apóstol, lejos de quejarse de las cadenas, las consagró  al Señor.

Su arresto disponía que estuviese encadenado  a un soldado romano las 24 horas del día. Cada soldado hacía un turno  de 6 horas. Es decir, 4 hombres y sus familias que recibían su  testimonio de fe, oración, valor y esperanza. Esas cadenas ofrecieron  oportunidades únicas de testimonio. Pablo no se preguntó por qué estaba  en cadenas sino para qué estaba en cadenas. Pablo se regocijaba en lo  que Dios haría, en lugar de quejarse por lo que Dios no hizo.

Cada  uno de nosotros tiene sus cadenas. Tú tienes las tuyas y yo tengo las  mías. No importa cuáles sean, consagra a Dios tus cadenas provisorias y  temporales. En breve, el Señor te las cambiará por una corona permanente  y eterna.