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“Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Los  testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo”  (Hechos 7:58).

Son escasos los detalles biográficos  directos del joven Saulo. Tan solo una mención pasajera a su madre y a  sus antepasados hebreos, que no era hijo único y que al octavo día fue  circuncidado. Es posible que su familia lo considerara un rebelde cuando  se convirtió al cristianismo y rompiera toda relación con él, aunque  algunos de sus parientes llegaron a ser cristianos.

Jerónimo  afirma que los padres de Saulo vivieron originalmente en Giscala de  Galilea y que en el año 4 a.C. fueron llevados como esclavos a Tarso,  donde obtuvieron su libertad, prosperaron y se hicieron ciudadanos  romanos. Allí les nació Saulo, su hijo. Como era de la tribu de  Benjamín, esta elección bien pudo haber sido en honor a Saúl, el primer  rey de Israel.

Es sumamente probable que la familia de Saulo  fuera de cierta alcurnia y de una riqueza más que común. Así, Saulo  valoraba su herencia racial y religiosa. Él era “hebreo de hebreos”  (Fil. 3:15), y le añadía un orgullo especial ser un auténtico fariseo.  Por eso vivía conforme a la más rigurosa secta de la religión judía,  fariseísmo heredado de su padre y amplificado por causa de su educación  bajo la tutela de Gamaliel en Jerusalén, donde fue enviado cuando tenía  doce años (Hech. 22:3).

Saulo se introduce en el relato del libro  de Hechos como miembro celoso de la secta más estricta del judaísmo,  presenta su apoyo y da asentimiento a la muerte de Esteban. Él siempre  está listo para perseguir a los cristianos.

Después de 18  referencias a Saulo en Hechos, aparece el cambio. Ahora “Saulo” se  transforma en “Pablo”. Lucas, autor del libro, sabía que el apóstol  tenía dos nombres (Hech. 13:9): Saulo, para un ambiente judío; y Pablo,  para un ambiente gentil. Cuando él fue circuncidado, recibió un nombre  judío, pero como vivía en una comunidad gentil se le dio también un  nombre latino relativamente común: “Paulus”.

“Por el  apedreamiento de Esteban, los judíos sellaron finalmente su rechazo del  evangelio. Los discípulos, dispersados por la persecución, ‘iban por  todas partes anunciando la palabra’; poco después se convirtió Saulo el  perseguidor, y llegó a ser Pablo, el apóstol de los gentiles” (Elena de  White, El Deseado de todas las gentes, p. 200).

Estos  dos nombres, más que dos idiomas, ilustran dos actitudes o escuelas de  vida. Una recorre la Tierra buscando poder y sembrando odio y muerte; la  otra mira hacia el Cielo ofreciendo vida y buscando restaurar en el  nombre de Jesús. Una se opone, la otra apoya. Una destruye, la otra  construye. Una persigue, la otra salva.

¿Eres un Saulo o un Pablo?