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“Diciendo él estas cosas en su defensa, Festo a gran  voz dijo: Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco. Mas él  dijo: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de  verdad y de cordura” (Hechos 26:24, 25).

El mote de “loco”  se ha adjudicado a muchas figuras eminentes, tanto religiosas como  políticas y científicas. El gran predicador y reformador Juan Wesley fue  tildado así. Guillermo Carey, fundador de las misiones modernas, fue  tratado de loco en el mismo Parlamento inglés. Bacon, a quien se lo ha  llamado el mayor genio en ciencias exactas, fue también llamado “loco”, y  los “sabios” eminentes de Salamanca consideraron insano a Cristóbal  Colón, por sus dichos sobre la forma del planeta Tierra.

Sin  embargo, miles de años antes, un apasionado apóstol de Jesucristo que  estaba delante de Festo dando su testimonio de fe y conversión (y  contando cómo el encuentro con Dios lo había cambiado para siempre y  cómo el Resucitado había otorgado significado a su vida) también fue  catalogado como “loco”.

Es así. Quienes aceptan a Cristo  experimentan un cambio de vida que no se puede explicar con palabras.  Los pensamientos, los afectos, los gustos, el rumbo... todo cambia. Y  son llamados “locos”.

Festo pensaba que las muchas letras, o  conocimientos, habían trastornado la mente de Pablo. El diccionario  define la locura como “la privación del juicio o del uso de la razón”.  ¿Estaba Pablo privado de su juicio o del uso de su razón, o desacertado  en su testimonio de vida? No, pero su encuentro con Jesús constituyó un  impacto lo suficientemente fuerte para reflejar con convicción y  seguridad sus argumentos.

Todos habían escuchado las maravillas  que Pablo había experimentado; ese era su tema predilecto. Así,  afirmando que emitía palabras de verdad, fue por más, y exhortó al mismo  rey Agripa a que creyera y aceptara el mensaje de los profetas.  “Profundamente afectado, Agripa perdió de vista, por un momento, todo lo  que lo rodeaba y la dignidad de su posición. Consciente solo de las  verdades que había oído, viendo al humilde preso de pie ante él como  embajador de Dios, contestó involuntariamente: ‘Por poco me persuades a  ser cristiano’ ” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 349).

Resulta  que aquel “loco” no solo era un preso terrenal que presentaba su  defensa, sino además un embajador celestial que cumplía su misión. Por  algo el mismo Pablo diría a los corintios que la palabra de la Cruz es  locura a los que se pierden, pero para los que se salvan es poder de  Dios (1 Cor. 1:18).

¡Señor, danos más de estos “locos” como Pablo!