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“Vosotros vinisteis a ser imitadores nuestros y del  Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con el gozo  que da el Espíritu Santo”  (1 Tesalonicenses 1:6).

Los tesalonicenses recibieron de  buena voluntad el mensaje de salvación, le dieron la bienvenida y lo  abrazaron con todas sus fuerzas. Ellos se habían hecho cristianos en  medio de una gran oposición. Aceptar la fe era comprometerse con Cristo, con valor y sacrificio. El  precio por pagar era muy alto; muchas veces, la vida misma. Pero, esa  gran tribulación era ampliamente superada por el gozo de la entrega. La  persecución era una bendición, ya que refinaba y fortalecía los vínculos  de comunión con el Señor y entre los hermanos.

En nuestros días  tampoco es fácil ser un cristiano cabal. Vivimos y convivimos en una  sociedad de pecado, egoísmo y maldad, que suele traernos tribulaciones.  Las preguntas más comunes que nos hacemos son: “¿Por qué Dios permitió  que me pasara esto?” o “¿Por qué a los buenos les pasan cosas malas?”

El  reino mineral tiene muchos misterios. Uno de ellos es la comparación de  dos rocas que están compuestas únicamente por carbono y, sin embargo,  son totalmente distintas en apariencia y dureza.

El grafito está clasificado con una dureza, en la Escala de Mohs, de entre 1 y 2, y es uno de los minerales más blandos. Por su parte, el diamante está clasificado con dureza 10, la más alta que existe en la naturaleza. Pero, ambos son solamente carbono. ¿Qué los hace diferentes?

El  grafito es blando, quebradizo, gris y semiopaco. Es muy útil, lo usamos  para nuestros lápices; sin embargo, debe mezclarse con arcilla para que  pueda utilizarse como mina de un lápiz. Se formó a temperaturas no muy  elevadas y con baja presión, lo que hace que los lazos entre los átomos  de carbono sean débiles.

El diamante es la roca más preciada,  tiene el brillo más hermoso y ningún otro mineral pueda rayarla. No  nació en un lecho de rosas, se formó en las profundidades de la tierra, a  altísimas temperaturas y bajo una gran presión. Esto hace que sus  átomos de carbono se entrelacen de forma tal que le dan esa dureza,  brillo y transparencia.

Nosotros somos aquel carbono  derivado en un gris opaco y quebradizo grafito. Pero, la gracia de Dios y  las tribulaciones que enfrentamos por causa de nuestra fe transforman  nuestro carbono en diamante. Así, somos hechos fuertes, resistentes y  agradables.

El Señor nos representa en el cielo para que nosotros seamos sus fieles y gozosos representantes suyos en la Tierra.