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“La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros” (Colosenses 3:16).

De  pronto, oficiales del Ministerio de Salud me estaban buscando. Algo  había sucedido en mi último vuelo, y era indispensable que entrara en  contacto. Pocos días antes, había volado entre dos capitales de  Sudamérica. En tal vuelo había una persona infectada de sarampión y  necesitaban cumplir un protocolo de advertencia.

Según el Centro  para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), el sarampión es una  infección causada por un virus. En una época fue una enfermedad muy  frecuente. Aunque las tasas de mortalidad se han reducido en todo el  mundo, la enfermedad aún se cobra cien mil vidas cada año, la mayoría  menores de cinco años. Por eso, el CDC recomienda que todos reciban la  vacuna, pues es la única forma de prevención.

El término  “vacuna” fue propuesto por Luis Pasteur en 1881, en homenaje a Edward  Jenner. Él, en 1796, inventó la vacuna contra la viruela, una enfermedad  erradicada en la actualidad. Jenner observó que las ordeñadoras de  vacas afectadas de viruela vacuna no se contagiaban de la viruela  humana.

De esta manera, inoculó una leve dosis de una lesión de  una ordeñadora a un niño sano de ocho años. En un primer momento, el  niño desarrolló la enfermedad de forma leve. Al ser infectado por la  viruela humana más tarde, no desarrolló ningún síntoma. La inmunización  se había producido.

Pablo dice que la Palabra de Dios debe  habitar abundantemente en nosotros. Los judíos tenían unas diez mil  palabras en su vocabulario. Para ellos, la palabra era algo más que un  sonido. Era algo vivo. Era una unidad de energía cargada de poder. Así  lo registra el salmista: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los  cielos; y todo el ejército de ellos, por el aliento de su boca [...]  porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Sal. 33:6, 9).

Los griegos tenían unas doscientas mil palabras. Para ellos, la palabra era el logos;  es decir, la razón, la sabiduría, el orden, la perfección y el poder.  La Palabra ya existía, no fue creada. Era Dios, estaba con Dios y todo  fue creado por él.

Somos infectados por el sarampión del  pecado e inmunizados, no por dosis pequeñas de pecado, sino por dosis  abundantes de la única fuente de prevención.

Para estar inmunes, se recomienda una dosis diaria, en ayunas, de la abundante y poderosa Palabra del Señor.