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“Nosotros también os anunciamos el evangelio de  aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios nos ha cumplido a  nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús” (Hechos 13:32, 33).

Tenía  trece años cuando la bendición y la misericordia de Dios, y la osadía y  el apoyo de mis pastores, me llevaron a predicar mi primer sermón. Fue  en un Culto de Oración, en la Iglesia Adventista de Lomas de Zamora,  Buenos Aires. Aún conservo el manuscrito a mano del bosquejo sobre Josué  1:9. Recuerdo el contraste, porque, mientras por un lado estaba  nervioso y temblando, por el otro intenté comunicar a la iglesia las  alentadoras palabras de Josué: “No temas ni desmayes”.

¿Saben? Mi  sermón terminó antes del tiempo estipulado, por una combinación de  nervios y emoción debida al tremendo privilegio de invitar a la iglesia a  confiar en las promesas de aquel que está siempre a nuestro lado.

De  los treinta sermones que se registran en el libro de Hechos, once  corresponden a San Pablo. Así, en Hechos 13:15 al 52 se registra el  primer y más extenso sermón del apóstol recientemente convertido. Si lo  leemos, notamos que es como una mezcla del sermón de Pedro (Hech.  2:14–39) y el de Esteban (7:2–53); y el único predicado en una sinagoga.  Con notable sabiduría, Pablo presenta un bosquejo de la historia de  Israel hasta David, desde los tiempos de David hasta Jesús, y concluye  su mensaje con una amorosa invitación y una clara advertencia.

En  su primer sermón, Pablo presenta a Jesús, cuya venida había sido  profetizada por la Escritura. No obstante, los estudiosos, lejos de ver  en él el cumplimiento de la profecía, terminaron siendo instrumentos  para llevar a Cristo a la misma muerte. Desde luego que su muerte y su  resurrección también se efectuaron con el fin de cumplir la profecía y  la promesa de salvación. La muerte y la resurrección de Cristo son el  asunto central en el primer sermón de Pablo, pues solo así el perdón y  la vida son ofrecidos a todo pecador, que por intermedio de la fe recibe  y acepta la gracia de Dios.

El sermón termina con una invitación  y una advertencia. Siempre Dios nos concede el derecho a la elección,  sin dejar de mostrarnos las consecuencias dispares de nuestra elección.  Podemos elegir los actos, pero no las consecuencias. Podemos elegir la  semilla, pero no los frutos. No podemos sembrar espinos y esperar  cosechar flores. Quien siembra un acto cosecha un hábito; y quien  siembra hábitos cosecha un carácter.

Según M. Henry, “cuanto  mayores sean los privilegios que disfrutemos, tanto más intolerable  será la condenación en que hemos de incurrir si no recibimos con fe y  correspondemos con obediencia a la gracia que tales privilegios  comportan”. Seamos agradecidos por las bendiciones recibidas y actuemos  en consecuencia.